lunes, 30 de abril de 2012

Miedo.


Leí por ahí que el hecho de querer controlarlo todo es debido al miedo, miedo a que nos pase algo que ya nos pasó. No queremos que la historia se repita, de ahí nuestro afán de intentar controlar las cosas que creemos que pueden hacernos daño.

 Y es que es una necesidad de todo ser vivo evitar que se repita algo dañino, ¿no? Es el instinto salvaje que aún nos une a la naturaleza, aunque cegados por nuestro egocentrismo pensemos que se debe a que somos humanos, seres racionales que todo lo saben y que todo lo pueden. Pero es mentira. Una triste mentira que más que ayudarnos nos va destruyendo.

No podemos controlarlo todo, porque todo no depende de nosotros. Hay más factores a parte de nosotros: más personas, más sentimientos, más momentos encontrados en una autopista llamada destino… Cosas más fuertes que nosotros que pueden fastidiar nuestros planes, por mucho que duela esa idea.
Y yo sé lo que se siente, porque creo que nunca he parado de sentir miedo. Y me da rabia, porque me miro a mi misma y pienso en un avestruz que no saca la cabeza de la tierra por miedo a que el sol la ciegue, o miedo a partirse una pata mientras corre, o miedo a ser mordida por algún animal. Miedo a tantas cosas… Ojala no lo sintiera. Ojala pudiera dejar de sentir el miedo en cada paso que doy.

Pero cuando te importa algo tanto ¿no es normal tener también miedo, pánico, a perderlo?

Un buen amigo, de esos con los que no hablas mucho pero que están ahí cuando los necesitas, me dijo que el miedo nos mantiene con vida, es lo que hace que podamos sobrevivir. Dijo que el miedo es aquello que nunca se pierde por mucho que luches contra él,  y a la vez que te ayuda a sacar lo más fuerte de ti, es lo que, contradictoriamente, te ayuda a luchar contra el mismo miedo.


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